| "Cada día es una pequeña vida" |
08-10-10
Ahí están, ya llegaron, el 8 y el 10 por partida doble, para recordarnos que seguimos caminando y ante todo que estamos vivos. Van esfumándose con el trascurso de los minutos, de los segundos… nos gritan con el tic tac del tiempo que sólo están de paso.
El 8 y el 10 del 10…
Esos dulces besos de goma encajetados, ese retrato desgastado que sonríe tímido ante los ojos de tantos que quisieron ser sus dueños, cuelga de una pared amarillenta, junto al cabecero de la cama que vio nacer el primer sueño que juntos construimos.
Los mismos besos que se han endurecido por el típico frío del mes de enero, la misma cama, cómplice de los dulces sueños que se han ido acumulando en su colchón; el mismo retrato sigue ahí, perpetuo, junto a un par de esos dulces besos que han quedado inmortalizados en un retal de mi corazón.
Se van acumulando unos con otros en esa pared amarillenta y cada uno cuenta su historia sin saber que todos cuentan la misma, aquella que el marco de fotos muestra sobre mi mesilla de noche con el paso de las imágenes y la banda sonora de su memoria.
Un dibujo que habla de ti, una carta que se dirige mí, un rosa seca.
Han pasado unos días, unos meses, algún que otro año, recordando quiénes fuimos y a dónde queríamos llegar. Viendo los resultados de aquellos deseos y ambiciones que perseguimos, y confeccionando aquello que aún podemos hacer para salvar aquellos dulces sueños que se quedaron por el camino. Nos hemos descubierto en la rosa seca, esa bella rosa que aún conserva sus espinas aunque no por ello deja de ser hermosa. Ahora sabemos que pincha. Antes sólo veíamos sus rojos pétalos que desprendían aquel dulce olor.
Ya están aquí, el 8 y el 10 por partida doble, recordándonos que nuestros pétalos siguen vivos, pegados a nuestros tallos espinosos que en días, meses, años venideros, nos enseñarán algo nuevo que escondían y nosotros no éramos capaces de ver.
Te quiere para siempre, la espina de tu corazón :)
"...pero nunca te rindas"
Ahí se va, aquel compañero con quien soñaba en llegar a la luna enfundada en uno de esos trajes enormes plateados y esa burbuja de cristal en la cabeza. Ahí se va...
Aquel con quien construí mis primeros dúplex con cajas de fruta a la puerta de la tienda que tantos sueños vendió. Quien me enseñó que con una bicicleta podíamos viajar los dos al fin del universo, y que con un papel enrollado se podían ver de cerca las estrellas.
Ese investigador que dejaba perder sus manos en los infinitos agujeros de las paredes de adobe en busca de un murciélago que le contara la verdad sobre la noche. Ahí se va él, que me enseñó que el dolor es una parte importante de la vida y que un destornillador se debe de llevar siempre en el bolsillo, por lo que pueda pasar.
Aquel con quien regateaba a la abuela para que nos diera una "chuchería" más; con el que, mientras el abuelo ponía parches al dolor de las bicis del pueblo o engrasaba el corazón de las que ya estaban viejas, pedaleaba con la mano al lado de una estufa que tantas cosas le susurró al oído...
Aquel con quien perseguía ratones y lanzaba al Action Man vestido de camuflaje por la ventana del salón. Ahí se va el que lloraba cuando no compartía mis medicamentos también con él. El que le daba su corazón al niño Jesús siempre una vez más que yo cada noche antes de irnos a dormir y esperaba en vela al ratoncito Pérez para desvelar su identidad.
Ahí se va el que hizo realidad que cada Navidad fuera una diferente con esos vídeos tan improvisados y tan buenos a la vez. Porque la espontaneidad y la calidad no están reñidos, ni a las dos de la tarde, ni a las cinco de la mañana si van acompañados de un buen "Pedo Mañanero".
Ahí se va, convertido ahora sí, en un verdadero Action Man, pero sin traje de camuflaje. Convertido en todo aquello que soñó a la puerta de aquella tienda que tan buenos ratos nos regaló... y no tan buenos, montados, unas veces él, otras veces yo, en un correpasillos con cara de hipopótamo.
Se va con el macuto al hombro, lleno de esos recuerdos que nadie nunca podrá arrebatarnos y que habitan en nuestro corazón. Esos que en las noches en vela le harán sonreír, y los días de hambre le darán energía para seguir.
Ahí se va, con todo cuanto soñó, todo cuanto imaginó, y con ganas de regresar convertido en aquello que, subido en la barra de aquella bicicleta azul una vez me contó, mientras las mujeres del barrio nos aseguraban que caeríamos.
Ahí se va, y lo único que puedo decirle es que en las noches en vela, enrolle un papel y mire al cielo...
Ahí, en la estrella más brillante, estaré yo, continuando el camino que hasta ahora hemos ido recorriendo juntos, y que continuaremos, porque la distancia no es suficiente para separar a estas dos cabecitas locas con ansias de vivir su sueño, y de compartirlo para el resto de sus vidas.
Te quiere la primachula, esa que estropeaba los rotuladores de CARIOCA que el abuelo nos regalaba apretando la punta. Como ves, tuvo su fruto aquel desperdicio de colores...